Y hoy, en medio de este charco, que no sé si es de pena o, simplemente, de ti, aparece el miedo como el mejor condimento. Nunca está de más pensar en lo de menos, y viceversa. Y que, aunque fue corto y difícil, fue nuestro (y lo de menos). Y eso: ¿qué?, ¿quién?, ¿cuándo? y ¿cómo? Todo a la vez, buscando en ti un “contigo” como la mejor respuesta a todas las preguntas, no solo a esas, a todas he dicho.

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Dejé de soñar hace tiempo, exactamente el día que vi tu espalda para nunca volver a ver tu rostro. Yo, que creía que la mejor cura para todos mis miedos eras tú y acabaste convirtiéndote en el peor de todos: a perder-te. Que viste en mí, no algo que ya sabía, sino la mejor oportunidad para ser feliz, para volver a empezar: a nacer.

A ver cómo le explico al corazón que, aunque te vayas, siempre te quedas.

A ver cómo le explico también que nunca volverás y que por muchos que rompan cada milímetro de él, nadie lo hará como tú: con coraje, disciplina y constancia, pero queriéndome. Solo tú puedes curarme.

Que qué más da el tiempo, demuéstrame que nunca será suficiente, que nosotros somos diferentes, que lo común nos desagrada. Y que nada nos agrada más que aullar a la Luna cada noche para luego amanecer juntos, a la hora que sea. Que nunca madrugamos pero nadie desayuna como nosotros. Y eso es así. Que nadie me hace el café como tú, ni con los ojos cerrados por el sueño. Que eso, justo eso, es el mejor “te quiero” del mundo.

Sigo pensando en ti. A diario. Que no eres el primer pensamiento del día, seamos sinceros (que siempre lo hemos sido) aunque casi siempre eres el último. Pero, sobre todo, dejando de lado el puesto (que no es determinante), eres el pensamiento más importante. Eres la primera imagen que aparece cuando las cosas me salen bien. Y también cuando todo me va mal. Supongo que en ese afán de que vengas para compartir alegrías o para curar las penas. Pero también he de confesar, que es de lo que va esto, que siempre, siempre, las peores penas brotan cuando recuerdo que no estás. Y qué putada esa, compañero, la de que mi enfermedad y mi cura sean la misma persona.

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